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La Araña Voladora

Me transporto a un recuerdo de la infancia, uno de tantos recuerdos, de esos días cálidos, de esos momentos en los que todo era tan fresco como las mañanas de verano, al comenzar el día, al comenzar la vida. Estoy en la primera casa donde viví, jugando en el corredor que conecta la entrada de la casa con el comedor, es algo peculiar porque tiene una pequeña pendiente a todo lo largo, en la mitad de éste está la entrada a la sala, donde casi nunca entro, no recuerdo porqué,  ahí está mi abuela hablando con doña Canducha y viendo las telenovelas. Mi abuela me cuida mientras mi mamá trabaja, en general no requiere mucho esfuerzo, soy un niño muy calmado, a diferencia de primo que vive al lado, que ahora acaba de entrar a la casa, no tuvo que tocar la puerta, esta siempre está abierta, viene a que juguemos, claro porque mis juguetes están en buen estado y a él le duran lo que el sol tarda en salir y volverse ocultar. Mi primo es muy activo y se aburre pronto de estar en la casa y me dice que salgamos a jugar, la acera de nuestras casas es el mejor lugar, nos ofrece un rinconcito propio, como aislado de todo, los techos de las casas están a ras con la calle, lo que deja la acera allí en lo profundo rodeada por casas y una pared que da contra la calle, que por el momento me parce inmensa, como una muralla. Cuando salimos me dice que había visto en su casa una araña voladora, yo pensé ¿cómo será una araña voladora?, hasta el momento las únicas que conocía eran las patonas comunes que habitan en las casas, que parecen un montón de alfileres con una sola cabeza, como era tan mentiroso, no le creí nada pero fue una buena idea para jugar, imaginarnos que nos perseguía una araña voladora, así que empezamos a correr como dementes, de una lado para otro de la acera, hasta que estuvimos justo en la entrada de su casa, allí la vimos, una araña voladora en la mitad de la puerta, ¡no!, no estaba suspendida de un hilo de seda, sus alas se veían batiéndose, inmediatamente gritamos y salimos corriendo para mi casa, yo creo que todo sucedió en milésimas de segundo, al llegarlo único que hicimos fue tirarnos al piso a reírnos y a disfrutar de ser niños. Mucho tiempo después descubrí que lo que vimos fue uno de esos sancudos grandes que a veces aparecen en las casas.

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